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miércoles, 9 de enero de 2019

Limerencia.

Todo iba bien. Bueno, bien... llamémosle rutinario, monótono. No había ningún cambio y estaba protegido en mi zona de confort, hasta que la limerencia surgió. Todo eso provocado por una voz... Como definirla... Era una voz etérea. Una voz delicada de esas que pueden perforar la razón y hacer perder la cordura. Y la sensación de estar a su lado era efímera. Por muchas horas que pasara escuchándola, podría hacerse muy corto. Su sonrisa era inmarcesible, o eso era lo que yo deseaba que fuera. Era pura magia. ¿Sabéis ese momento en el que os cruzáis en el camino con alguien que puede hacerle competencia al Alba? Si. Una persona a la que ves y te hace sonreír sólo con su presencia. Una persona que, aunque cierres los ojos, la estás viendo. Asusta... ¿A qué sí? Después de todo lo que hemos pasado, que llegue alguien que nos haga temblar solo con oír su voz, con oler su perfume... Y si a eso se le une visualizar la bonita curva que forma sus labios al expresar una sonrisa... Puede que eso sea lo que más miedo nos da. 
El hecho de que alguien logre el poder de convertirse en una debilidad.

Siempre he denominado el amor como un juego: La vida nos da unas cartas pero no nos dice las normas ni como es el juego. ¿Por qué? Porque las casualidades no existen. Somos nosotros quienes nos damos las oportunidades y las reglas. Nosotros decimos si queremos enseñar la baza que tenemos o si queremos ocultarla. Hay juegos que son facilísimos, pero hay otros en los que lo que debemos hacer es rendirnos, para no mostrar nuestra jugada. Puede que perdamos la partida, pero no habrá tantas bajas como jugarla y mostrar el juego que teníamos.

Quedarte y luchar por lo que quieres, o quedarte y guardar ese sentimiento para ti. Tú decides.

Sólo sé que te quiero, y puede que sea por ello por lo que guardaré lo que pienso. Mi fin es verte feliz, conmigo o sin mi. Pero que seas feliz.

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